El encanto de Iparralde

Nada me puede gustar más que descubrir lugares y encontrar los rincones más curiosos en los sitios más inesperados. Ascain, Ainhoa y Ezpeleta  son tres pueblecitos del país vasco-francés donde no había estado nunca, cada cuál más pintoresco.

Encerrados entre montañas y rodeados de verde, parece que en ellos el tiempo  ha quedado congelado con placidez.  Huelen a pimienta, a macaroons, a pimiento rojo secado al sol,  queso artesano y pastel vasco. En sus calles irregulares, de casas blancas con vanos de ventanas y puertas rojos, verdes, azules; uno no se espera encontrar galerías de arte y tiendas tan curiosas como las que me fui topando.

Se nota incluso aquí, perdidos en el monte, el charm francés: todo está muy cuidado y hecho con gusto. Son pueblos de casas  antiguas tradicionales pero perfectamente conservadas y con rinconcitos preciosos. Las iglesias de Ainhoa y la de Ezpeleta son además muy distintas a las que podemos encontrar a nuestro lado de la frontera, tienen definitivamente un toque arquitectónico francés, y en los cementerios que las rodean podemos ver unas lápidas circulares llamadas discoidales,  típicas de la cultura vasca y de origen ancestral.

Música: Ton héritage, de Benjamin Biolay

Me llamó la atención un comercio muy atractivo y original que jamás hubiera imaginado en en estos pequeños pueblos. Tiendas repletas de mantelerías de colores, restaurantes familiares con menús en pizarras y farolillos en las terrazas, un artesano fabricante de piezas de vidrio espectaculares, una exposición de esculturas hechas con cucharillas de metal(impresionante), una tienda de bistutería preciosa, otra de perfumes y cosméticos artesanales, tiendas gourmet muy apetitosas o un showroom de dos jóvenes artistas donde se podían encontrar mil tesoros, desde lámparas con forma de seta que parecían sacadas de un cuento a curiosas esculturas animales, cuadros con tinta china o muebles esculpidos de piezas de madera en forma de pera.

Lo más alucinante de todo fue toparnos, en plena calle principal( y casi única) de Ainhoa, con un hombre que estaba colocando en la elegante balaustrada de la escalera de un edificio palaciego una serie de piezas de joyería increíbles. Un collar enorme alrededor del cuello del  angelote que remataba la escalera, unos pendientes colgando de una protuberancia de la barandilla…

Me acerqué para sacar unas fotos pero no me lo permitió, explicándome que era diseñador de joyería de alta costura para Chanel o Jean Paul Gaultier y que las piezas estaban protegidas. Eso sí, nos invitó a echar un vistazo al recibidor del palacio:  alucinante.  Lo mejor era el propio diseñador, que no podía ser más prototípicamente francés: camiseta marinera, pantalones capri y boina ladeada.  Os lo aseguro. Surrealista. Si queréis saber sobre él, su página web es Le monde d’obré énéa

2 comments

  1. Maravilloso, me ha encantado el post, es… como definirlo… muy Carmen ;) Parece como si estuvieras contándomelo una tarde cualquiera y eso me gusta porque se hace muy ameno :)

    ¡Buen trabajo!

  2. Me gusta mucho el post, in duda muy Love Me Do, y me apetece un montón organizar una excursión por esa zona Carmen!! :)

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