28
jul 12

Rebelión

La escritora Ángeles Caso cuenta en una columna que, cuando [Enlace roto.] por la mañana, cae en un estado depresivo. Pasa la mirada entre las informaciones sobre la corrupción política y las bajezas humanas y pierde el ánimo para el resto del día. Es una sentimiento social: el país le está jodiendo el día. Eso sí es empatía.

En cambio, yo leo las mismas noticias y veo que los protagonistas son hombres con aires de grandeza, que quieren pasar a la Historia. Y no sé si es un pecado, o un defecto muy humano. Por ejemplo, Camps no es un ladrón de guante blanco, es un estadista que escribirá su biografía como el hombre que llevó la Fórmula 1 a Valencia (al tiempo). Y Fabra no es solo un tipo con suerte y alcurnia, además es capaz de que los artistas locales, en un ataque de imaginación, le hagan una estatua: ya es parte del relato castellonense. En un siglo, los profesores de instituto le citarán en los libros de Historia.

Y en esas clases se perpetuará una realidad paralela que no vivimos pero que sabemos de dónde nace. Porque, como dice Manuel Jabois: “Si España revienta podemos irnos a vivir a ese país del que habla La Razón”.

Así, mientras los tornillos de este submarino aguantan la inmersión, los dirigentes están construyendo su casa, su ciudad y su país en un mundo alternativo, en una dimensión distinta a la que vemos. Quizá sea verdad, no lo sé, si lo fuese justificaría los ratos no anecdóticos de Rajoy, esos que no dedica a sus súbditos. Y puede ser también que, como al personaje de Philip Seymour Hoffman en la película Synecdoche, New York (Charlie Kaufman, 2008) -un dramaturgo obsesionado con plasmar la realidad- les entre toda la puesta en escena de su vida en una nave industrial: mujer, hijos, parientes muy cercanos y mascotas con asiento en el consejo de administración de Bankia. Todos en la cocina, una noche de verano, sintiéndose dichosos.

Pero, entonces, al arquitecto de esa realidad paralela le entra un ataque de realismo. Le ocurre a Seymour Hoffman en la obra de Kaufman: quiere dos actores que le interpreten a él y a su mujer. Y, por supuesto, tras ser creados como personajes adquieren vida propia: se enamoran de quien no corresponde, sobreactúan, etcétera. En resumen, traicionan el nombre de lo ya existente. Y le ocurrió lo mismo a Francisco Hernando -Paco el Pocero- que imaginó en Seseña (Toledo) una urbanización de 13.000 viviendas con su nombre (Residencial Francisco Hernando), con campos de fútbol, fuentes y un parque bautizado en honor de su esposa, María Audena.

Por supuesto, los actores se rebelaron, cada uno a su bola, y la función quedó un poco pobre, con solo 5.000 casas. Y un nuevo dramaturgo fracasó. De la misma forma, se cuestiona el estilo narrativo de Rajoy y de sus guionistas, sus descripciones no captan la realidad y los personajes pasan de todo y saltan a la calle para manifestarse contra él. Contra el creador.

La nave industrial donde se representa esta función, con una cocina llena de gente dichosa que ríe al anochecer, tiene las puertas abiertas. Y va a refrescar.


04
may 12

Cobayas

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=Bg_UKJ9EVnI[/youtube] *El trailer es un pestiño

Dimitris Christoulas se suicidó, con 77 años, de un tiro en la plaza Sintagma de Atenas. Su vida, y su final, era lo único que le pertenecía después de que el Gobierno le había estafado 35 años de pensión. Los medios de comunicación estuvieron a punto, incluso, de birlarle su dignidad, la fuerza simbólica de las razones de su muerte. Como explicó Gregorio Morán, en un artículo de opinión de La Vanguardia, no se quitó de en medio por las deudas -pagó el alquiler antes de morir-, sino porque el sistema, los políticos, se estaban quedando con un dinero que le pertenecía. Christoulas se sentía una cobaya del capitalismo (o liberalismo, o neoliberalismo, o libre mercado: si es tan difícil de definir es para despistar). Y se fue.

Hay un par de películas actuales que describen la forma y los métodos del experimento económico, que cabrean: La doctrina del shock e Inside Jobs. Muestran cómo se escurre el bulto, como se camufla el olor de la mierda con colonia, hasta que la bola llega a la base de la pirámide y desde la cúspide alguien grita: “Habéis estado comiendo pollo por encima de vuestras posibilidades, ahora tocan heces”.

Pero lo que nadie me había contado todavía es cómo han logrado eliminar la lucha de clases. El sentimiento fraternal de los obreros, que juntos pueden luchar por un mundo mejor. Esos conceptos parecen ahora parte de un idioma antiguo, extinto, que no se sabe traducir. Del asesinato de los proletarios hay algunas pistas en la película Las nieves del Kilimanjaro (Robert Guédiguian, 2011), que se estrenó hace una semana y que pude difrutar en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Donostia. El filme cuenta la historia de un práctico del puerto de Marsella, sindicalista de la CGT a punto de jubilarse, que es despedido junto con otros compañeros más jóvenes. Y un par de días después dos atracadores entran en su casa y roban a la familia. El conflicto se presenta cuando el protagonista, Michel (Jean-Pierre Darroussin), un admirador del socialista Jean Jaurés (“el portavoz de la lucha de clases“, como le define Público), descubre que uno de los ladrones, Christophe (Grégoire Leprince-Ringuet), es uno de los trabajadores despedido de los astilleros. Un obrero como él.

Esta paradoja trastoca al sindicalista, le sacude un buen puñetazo. Se da cuenta, como le explica a su mujer, que se han convertido en “pequeños burgueses”, que se han olvidado de que hay que seguir luchando por un mundo mejor. Por eso, en vez de pedir que la justicia se cebe con el joven delincuente, intenta retirar la demanda contra él, aunque ya es demasiado tarde. Pero, además, Michel indaga en la vida de su asaltante, para comprender de dónde surge la violencia, dónde está la brecha entre dos generaciones que aspiran a tener un futuro justo. Así, ve con los ojos de Christophe una familia desestructurada, con la madre ausente y dos hermanos pequeños que cuidar.

En el filme, el ladrón se enfrenta a la víctima con la pregunta: “¿Qué se hace cuando no se tiene trabajo?”. Así, acusa al viejo sindicalista de no haber sido justo a la hora de sortear los despidos: “Se podría haber mirado la situación de cada trabajador, de los que tienen una mujer que curra…”. Christophe acusa a Michel de ser blando, de ser un burgués acomodado: “Incluso se podría haber prendido fuego a la empresa”.

En sus palabras están las pistas del asesinato de la lucha obrera. En parte, por el desprestigio de los sindicatos: una cucharada de cicuta por desconectar con la nueva generación de trabajadores, por no ocuparse de formarles, de explicarles que todos los derechos que “han conseguido los ancianos es fruto de muchas luchas y combates”, como explica el director del filme. Y, otra, por el desprestigio que muchos medios de comunicación (empresas que consideran que la información es solo un producto) esparcen entre sus lectores. Un ejemplo, en España: la portada de La Razón el día de la Huelga General del 29 de marzo. ¿Por qué los redactores de La Razón permiten que la empresa se restriegue con sus derechos laborales?

Guédiguian, el director de Las nieves del Kilimanjaro, argumentó en el programa Días de Cine que rodó esta película para “infundir coraje a la gente pobre porque el cine no puede solo constatar que todo está mal”, tiene que hacer algo para luchar contra esa violencia, esa maldad. Esa tesis puede ser la base de un género complicado de definir, que agita al espectador sin recurrir a dogmas, a mitines. Quizá sea “realismo poético proletario”, como lo calificó Virginia García en un reportaje del mismo programa. No sé. Eso sí, dentro de esta categoría metería también otra película donde los pequeños ciudadanos luchan contra las grandes empresas, con humor y honraded: Micmacs, de Jean-Pierre Jeunet.

P.S. 1: Yo, igual que Isaac Rosa, no creo que los periódicos titulen mañana: “La crisis ha terminado”. Por eso, comparto lo que le contó en una [Enlace roto.] a Ruth Pérez de Anucita:

Una de las razones por las que aguantamos y no saltamos ante los sucesivos ataques es que conservamos la ilusión de que habrá un día después, una mañana en que la prensa titulará a toda página: La crisis ha terminado, y volveremos a la casilla anterior, recuperaremos lo perdido. Pero es ilusión, yo no creo que exista ese día después, lo que hoy perdemos no volverá. Decía recientemente (el historiador) Josep Fontana que del Estado de Bienestar solo va a quedar aquello que seamos capaces de defender: todo lo demás será liquidado si no lo impedimos.

P.S. 2: “Podemos llorar solos, no nos tiréis gas”. Grecia, el experimento, en Periodismo humano.

Siniestro Total: “La paz mundial”: “Un superhéroe sin moral…”.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=S_IEKJVN8NM[/youtube]


11
abr 12

Te espero en Laponia cantando ‘La Marsellesa’

El cine es una maravillosa ruleta de sentimientos que en 120 minutos, a 24 fotogramas por segundo, puede dejarte bien jodido. Vaya máquina de tortura. El escritor canadiense David Gilmour, por ejemplo, afrontó que su hijo adolescente pasaba de los estudios con una terapia de choque: verían juntos tres películas por semana. Empezaron con Los cuatrocientos golpes, de Truffaut: pedazo de órgado. La experiencia debió de salir bien, porque publicó Cineclub, editado por Mondadori, un libro para explicarla.

En algún momento, los Gilmour seguro que visitaron Casablanca. Y allí, en el café de Rick, están todos: los franceses cantando La Marsellesa, Sam, Ilsa, Laszlo, los nazis y el americano imperturbable. Entre el humo, los alemanas cantan Die Wacht am Rehin, y te entran ganas de invadir Polonia con una división motorizada. Pero, por suerte, los franceses contraatacan con La Marsellesa y te reencuentras con los buenos. Una escena brutal y con un mensaje evidente: la película quería [Enlace roto.] (era 1942) hacia la intervención en la Segunda Guerra Mundial. Cine y política a 24 fotogramas por segundo, en 102 minutos.

Y esto en una sala de cine, donde eres tú el que se arrastra a la butaca de forma voluntaria. Imaginad a lo que debe jugar la tele, que siempre está en el salón, como un perro leal, incluso antes de que haya sofá: siempre ahí. Ahora mismo, barrunto tres ejemplos, incluso graciosos, de cómo programan las cadenas para intentar influir en la opinión pública. Cine y política jugando a la ruleta. Empiezo por Italia, que siempre está peor que nosotros.  En 2011, Berlusconi no pudo evitar que el caso Ruby le manchase el traje, era algo demasiado feo, con putas y drogas. Así que, mientras le juzgaban, él atacaba a jueces y fiscales argumentando que espiaban su vida privada. En la RAI 1 sonó un chispazo, como cuando se funde una bombilla, y alguien programó La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, un filme sobre un agente de los servicios secretos que controla los movimientos de un intelectual a través de escuchas. Al día siguiente, Berlusconi declaró que la investigación del caso era “digna de la Alemania comunista”. El corresponsal de Vocento en Italia, Íñigo Domínguez, también explicó que ese mismo día RAI 3 pidió a Nanni Moretti que recortase el final de Il Caimano, un perfil brutal de Berlusconi, en el que se juzga al presidente. No lo hizo, y no se emitió la cinta

Aunque quizá nos estemos riendo por encima de nuestras posibilidades. En España, en el año 2004, tras los atentados terroristas en Madrid, el ambiente político era una hoguera: había elecciones y todos podían quemarse con un mal paso. Así, mientras la gente se manifiesta en las calles con el lema ¿Quién ha sido?, el Gobierno de Aznar intenta que su voz prevalezca: Ha sido ETA. Por eso, incluye en la programación de TVE el documental Asesinato en febrero, de Eterio Ortega Santillana, un filme sobre el asesinato de Fernando Buesa y su escolta por parte de la banda terrorista. En esos días, Al Qaeda ya había reconocido la autoría del atentado en la prensa británica.

La última coincidencia entre la actualidad política y lo que se emite en cine/televisión me quemó el hocico el otro día. También hervía la calle, esta vez por la primavera valenciana, y el Gobierno no dejaba de repetirnos que, como españoles, éramos un asco. Y ahí salió el presidente de la Comisión de Economía y Política Financiera de la CEOE, José Luis Feito, para decir que en los países del norte es “inconcebible cobrar el paro si se ha rechazado una oferta de trabajo aunque sea en Laponia“. Y, un día después: ¡viva Laponia! O lo que es lo mismo, el espacio buenrrollista Españoles por el mundo se va a Laponia, porque en España somos una panda de truhanes y tunos.

Que sí, que ya sé que esto se programa con semanas de antelación, y que no hay ningún misterio detrás de esto. Pero es mucho mejor elucubrar. Y pensar que, ya que nos tenemos que ir a Laponia, es mejor cantar.

P.S.: “El misterio” (que diría Iker Jiménez) da para mucho más, así que, con gusto, os podéis desfogar en los comentarios. Se agradecerán