“¡Qué ridículo!”

Iba yo el otro día por la calle, tan contenta, cuando un coche se puso a pitar como pitan todas las bocinas: “Pi-pi-piiiii”. Emocionada, saludé a los pasajeros efusivamente, porque quien conducía era Iban. O lo era al menos para mí, aunque no para el resto del mundo.

¡Sí, señores! Viví uno de esos momentos ridículos en los que piensas que te saludan a ti, pero no. Esas situaciones que le dejan a uno ahí, medio avergonzado, medio muerto de risa. Como con ganas de decir “tierra trágame”, pero no del todo, porque al mismo tiempo hace gracia.

La cosa es que desde muy pequeña he sido propensa a vivir momentos como este. Quizás por eso me cuesta identificar el ridículo en esas, porque ya estoy curada de espanto. Por eso, mi respuesta suele ser más peculiar: a veces me parto la caja durante un rato. Otras, me abro al desconocido que ha sido testigo de tal acontecimiento y comparte con esa persona la vergüenza que he pasado. Incluso suelto un “Uy, pero si no eres Amaia, ¡me he equivocado! ¿Cómo te llamas?”. Se han convertido en algo tan habitual, que me quedo sólo con lo bueno: la alegría que le da a una esa risa nerviosa.

En ocasiones el ridículo se apodera de mí y actúo con él. Por ejemplo, cuando voy en moto. Sí, soy la peor conductora del mundo porque me gusta tocar la bocina y gritar al que lo hace mal. Lo hago sin querer, de verdad. Inconscientemente quiero que esa persona se avergüence para que no vuelva  hacerlo. Un día, un malotillo que iba también en moto me adelantó peligrosamente y de mala manera. Podía haber pitado o gritado y ya. Pero no. Le perseguí hasta alcanzarle y entonces le exigí, gritando, que parase la moto. “¡Para la moto! ¡Ahora!”. El chaval, muerto de la vergüenza se paró. Le eché una bronca de mucho cuidado, le dije todo lo que me iba saliendo de dentro hasta que, de repente, se me agotaron las ideas y le solté esto: “Bueno, ¿y tu qué tal estás? ¿Está todo bien en tu vida?”. Inmediatamente después, me di cuenta de lo que había preguntado, me sentí ridícula y me entró la risa. Así, en su cara. El chaval me dijo que sí y me preguntó si podía irse: “¡Anda vete! ¡Pero átate bien el casco y no vayas como un loco!”.

No se si lo hago a posta o sin querer, pero en el fondo el ridículo me divierte. Me alegra, me hace reir. Hoy llueve, y yo me pongo sandalias. Lo hago porque hace calor y es primavera. Aunque sé que probablemente vuelva resbalarme con ellas, como ayer, en pleno Paseo de la Concha. Me caeré de culo y luego volveré a reír. Y no solo hoy,  porque cada vez que lo recuerde pensaré medio riendo eso de… “¡Qué ridículo!”

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