29
feb 12

Agua con azúcar

Mi primera entrada en el primer blog de toda mi vida y el cuerpo me pide hablar de ejercicio. Una cosa rarísima… Y lo es porque yo nunca he sido amante del deporte. Vamos, lo obligatorio en el cole, un poco de gimnasio entre año y año y ya.

Total, que como este año cumplo 25 y están todas mis amigas locas con el “nos hacemos mayores y el cuerpo cambia”, llegué a casa de mis padres con la pregunta en la mente: “Ama, ¿qué tal me ves?”. Desgraciadamente, no hay nadie más sincero que una madre: “Estás bien, pero como no te empieces a cuidar…” ¡¡¡¡CASI ME DA ALGO!!!! Imagínense, toda mi vida acostumbrada a comer de todo lo que me diera la gana, a no hacer ejercicio y ahora, de golpe, ¡hala, a cambiar de vida! “No exageres, chica”, me dice… ¿Que no exagere? Pero vamos a ver, ¿qué significa eso? ¿Una dieta, gimnasio? Ni hablar, no valgo para eso.

“Lo que haré será comer sano todos los días e ir a correr 30 minutos cuatro veces por semana”. Ya estaba mi novio con su risita disimulada… “¿De qué te ríes?”. Resulta que el muy listo no confía en mi fuerza de voluntad desde aquel episodio que tuvimos con el tenis. Me regaló una raqueta por mi cumple porque le conté que con 14 años gané la Copa de Gipuzkoa. Reservamos una pista y claro, me fui a Decathlon a prepararme para la ocasión. ¿Resultado? El partido fue un desastre porque él no tuvo en cuenta que llevaba casi nueve años sin jugar. Y claro, desde entonces no hace más que recordarme lo del modelito (que como supondréis, no he vuelto a usar) cada vez que digo: “Me voy a preparar para correr la Behobia porque es súper emocionante” o “Voy a hacer collares y pulseras con estás 100 piedras tan bonitas que he recolectado en la playa”.

Así que, esto ya se había convertido en una cuestión de orgullo. “Se va a cagar”, pensé. Este domingo me puse las mallas, las zapatillas (las que me compré para aquel maldito partido de tenis) y a sudar la camiseta. Me puse canciones maquineras en el Ipod, una coleta y salí del portal dispuesta a comérmelo todo. A los 200 metros ya me costaba respirar. Pero seguí. A punto de que me diera un vahío, paré a los 20 minutos. Volví a casa y ahí me estaba esperando él, con su risita disimulada. Al día siguiente, las agujetas casi ni me dejaban andar y menos correr. Ayer fueron aún peores, y nada, que tampoco pude ir a mi sesión de footing. Total, que lo único que he hecho en estos días ha sido beber agua con azúcar.

¿Saben qué les digo? Que el problema no soy yo, sino este deporte. Pero ya está solucionado: creo que la natación, sí que sí, va conmigo. ¡Mañana mismo me compro el bañador!