08
may 12

“¡Qué ridículo!”

Iba yo el otro día por la calle, tan contenta, cuando un coche se puso a pitar como pitan todas las bocinas: “Pi-pi-piiiii”. Emocionada, saludé a los pasajeros efusivamente, porque quien conducía era Iban. O lo era al menos para mí, aunque no para el resto del mundo.

¡Sí, señores! Viví uno de esos momentos ridículos en los que piensas que te saludan a ti, pero no. Esas situaciones que le dejan a uno ahí, medio avergonzado, medio muerto de risa. Como con ganas de decir “tierra trágame”, pero no del todo, porque al mismo tiempo hace gracia.

La cosa es que desde muy pequeña he sido propensa a vivir momentos como este. Quizás por eso me cuesta identificar el ridículo en esas, porque ya estoy curada de espanto. Por eso, mi respuesta suele ser más peculiar: a veces me parto la caja durante un rato. Otras, me abro al desconocido que ha sido testigo de tal acontecimiento y comparte con esa persona la vergüenza que he pasado. Incluso suelto un “Uy, pero si no eres Amaia, ¡me he equivocado! ¿Cómo te llamas?”. Se han convertido en algo tan habitual, que me quedo sólo con lo bueno: la alegría que le da a una esa risa nerviosa.

En ocasiones el ridículo se apodera de mí y actúo con él. Por ejemplo, cuando voy en moto. Sí, soy la peor conductora del mundo porque me gusta tocar la bocina y gritar al que lo hace mal. Lo hago sin querer, de verdad. Inconscientemente quiero que esa persona se avergüence para que no vuelva  hacerlo. Un día, un malotillo que iba también en moto me adelantó peligrosamente y de mala manera. Podía haber pitado o gritado y ya. Pero no. Le perseguí hasta alcanzarle y entonces le exigí, gritando, que parase la moto. “¡Para la moto! ¡Ahora!”. El chaval, muerto de la vergüenza se paró. Le eché una bronca de mucho cuidado, le dije todo lo que me iba saliendo de dentro hasta que, de repente, se me agotaron las ideas y le solté esto: “Bueno, ¿y tu qué tal estás? ¿Está todo bien en tu vida?”. Inmediatamente después, me di cuenta de lo que había preguntado, me sentí ridícula y me entró la risa. Así, en su cara. El chaval me dijo que sí y me preguntó si podía irse: “¡Anda vete! ¡Pero átate bien el casco y no vayas como un loco!”.

No se si lo hago a posta o sin querer, pero en el fondo el ridículo me divierte. Me alegra, me hace reir. Hoy llueve, y yo me pongo sandalias. Lo hago porque hace calor y es primavera. Aunque sé que probablemente vuelva resbalarme con ellas, como ayer, en pleno Paseo de la Concha. Me caeré de culo y luego volveré a reír. Y no solo hoy,  porque cada vez que lo recuerde pensaré medio riendo eso de… “¡Qué ridículo!”


12
abr 12

Cosas de mayores

Ayer volvió a ocurrir. Sí, me enfrenté a otro de esos momentos tan perturbadores que demuestran lo evidente: que me hago mayor. No me mal interpreten. No quiero decir mayor de vieja, sino mayor de mayor. De responsabilidades, de temas serios… Vamos, de cosas de mayores.

De pequeña me gustaban las cosas de mayores. Por ejemplo, cuando veía a mi hermana haciendo etxekolanas, me parecía lo más. Quería que llegara ya el curso en que nos mandaban deberes a casa, porque eran cosas de mayores. También me gustaba desenroscar clips y ponérmelos en la dentadura, como si tuviera aparato. ¡Sí! Esos hierros también eran cosas de mayores. Me empeñaba en bajar al parque (incluso en ir a la ikastola) con los zapatos de tacón del disfraz de sevillana y me gustaba maquillar a mi padre mientras intentaba desesperadamente darme de comer. ¿Por qué? Porque eran cosas de mayores.

Quién sabe, quizás por esa adoración a las cosas de mayores fui buena estudiante, llevé aparato fijo, no me bajaba de mis tacones o empecé a fumar. La cosa es que ahora me doy cuenta que estaba equivocada, que hacerse mayor no es sólo lo guay de llevar bolso, salir, trabajar, viajar, independizarse… Es saber llevar los papeles. Si señores, todo es cuestión de números y papeles. De tener una carpeta transparente y seria (que sea bonita sorprendentemente ya no se valora) e ir guardando en ella nóminas, recibos, multas, facturas, cosas del banco… Vamos, lo que yo hasta ahora no había hecho jamás. Si tienes esa carpeta con todo guardado, eres mayor. Si no, no. Es así.

La cosa se complica aún más cuando a eso se le añade el súmmum de las verdaderas cosas de mayores: hacer la declaración de la renta. Ayer trasladé a mi familia mi preocupación por este tema, porque es la primera vez que voy a hacerla. Mi madre se reía, mi hermana me comprendía, porque ella también es así un poco como yo. Entonces, empezaron todos a decirme las cosas que tenía que hacer, hasta que ya no pude más y medio lloriqueando lo solté: “Es que son tantas cosas importantes las que tengo que hacer, tan de mayores, que me agobio”. Todo se solucionó cuando mi hermana enumeró en una lista todas esas tareas, contadas de manera fácil y con un dibujo divertido: dos Anes, una rodeada de globos y la otra de números. Entre ellas una flecha y el siguiente texto: “Ane, de niña a mujer”. Y lo mejor de todo, ¿quieren saber cuál era la primera tarea? “Comprar una carpeta bonita, de las de Zara Home Kids”.


15
mar 12

Todo el mundo cumple en marzo

Se me está pasando volando. El mes, digo. Marzo… ¡Qué mes! ¿Verdad? No sé, a mí siempre me ha parecido especial. Toda la vida me ha llamado la atención el hecho de que todo el mundo, o casi todo, cumpla años en marzo. ¿Que es mentira? Pues no. Es verdad. Es entrar en marzo y ¡hala! todos los días a felicitar a alguien. A veces hasta a más de uno. Y desde que existe Facebook ya ni os cuento… De hecho, os diré que tres novietes de mi adolescencia cumplían en marzo. ¡Dos de ellos con un día de diferencia! Es alucinante… Bueno, si cuentas nueve meses hacia atrás cobra sentido. Pero mejor no hacerlo y así le damos un poco de emoción al asunto.

En fin, que marzo es el mes de los cumpleaños y por eso lo protejo. Nunca lo borraría del calendario. Digo esto de “borrar del calendario” porque a menudo surge ese tema de conversación en mi cuadrilla. Generalmente, cada vez que entramos en un nuevo mes y una suelta eso de “Buf, febrero, vaya mes más feo”. Y es verdad, lo es. Bueno, sólo cuando no es bisiesto. Los febreros bisiestos me parecen de lo mejorcito y siempre pienso en esas personas que, durante los años no bisiestos, celebran su cumple dos días seguidos, el 28 y el 1. Bueno, al menos yo lo haría así…

Además de febrero (el no bisiesto, claro), tampoco me gusta el mes de noviembre. Lo veo como que estorba, que está ahí para ponerte los dientes largos con la Navidad. Como diciendo: “Mira, mira, ¿la ves? ¡Pues no llegas! ¡Ja, te jodes!”. Encima ese mes es oscuro y empieza hacer mucho frío. No, no me va noviembre. Y abril, bueno… No sé, lo he tenido siempre en medio. Creo que porque generalmente la Semana Santa cae casi siempre ahí y eso me parece un punto muy a favor. Pero tampoco lo considero un mes bonito… Octubre tampoco, está ahí en medio de la nada. Septiembre en cambio sí, mira. Ese mes me gusta porque en la playa casi no hay gente y hay olas enormes. Como junio. Luego están los meses básicos, los que gustan a casi todos, un poco por obligación, porque en ellos o es Navidad o es verano: diciembre, enero, julio y agosto.

El que sí que es precioso es el mes de mayo, ¿no os parece? Mayo es de color verde y naranja y al lado puedes dibujar también un sol. En mayo puedes ir con sandalias y chaqueta ligera, aunque pases frío, da igual. ¡Es mayo, es primavera y casi verano! Hay un montón de planes, la gente está contenta… Las personas que nacen en mayo además me caen bien. Si alguien está embarazada y me dice “Viene para mayo” sólo puedo responder: “¡¿En serio?! Jolin, qué bien, va a ser súper majo, ya veras, todos los de mayo son especiales”. Y lo son, porque no mucha gente cumple en ese mes (o así al menos me gusta imaginarlo). En fin, que yo lo tengo clarísimo: pienso programar mis embarazos para que todas mis hijas nazcan en ese mes. ¡Mayo!


12
mar 12

¿Quieres casarte con mi hijo? Sí, quiero

Son las 08:10h de la mañana. Suena esa musiquilla veraniega kitch, como de Vacaciones en el Mar, que tanta gracia me hace. Por eso la tengo de alarma, para despertarme todos los días de buen humor. Aunque hoy no me hacía falta, porque es lunes y ese es motivo de sobra para despertarme feliz. Sí, feliz. Feliz porque es lunes y esta noche hay… ¡¿Quieres casarte con mi hijo?!

No me da vergüenza reconocerlo, proclamarlo a los cuatro vientos, a grito pelado: ¡¡¡¡¿Quieres casarte con mi hijo? me alegra la semana!!!! Así, como lo están leyendo. No sólo ha superado al que hasta ahora era mi programa favorito, Granjero busca esposa, sino que se ha convertido en una de las citas más esperadas de la semana.

¿Por qué? Porque me hace reír sin parar, a carcajada limpia, durante dos horas y media. Es más, desde que empezó el programa he visto crecer abdominales en mi tripa. ¡Me divierte todo del programa!

Primero, las madres, con frases tan célebres como “Yo he conducido tanques en Irak mientras me caían 14 misiles al día”, de Toya, o  “No sé si vive en los Mundos de Yupi o en el Planeta Galleta”, de Mari Carmen. También destacan los estilismos, como las inquietantes diademas de Pilar, la madre de Daniel (el informático virgen) o los corsés de stripper que se ponía Aina, ex candidata de Rubén (el Ken de Denia que lleva camisetas con escote), para salir a pasear por el pueblo y que hacían llorar de vergüenza a la madre del protagonista, Rosi. ¡Y luego están las broncas entre las candidatas! Celos, envidia, competitividad… ¡El colmo ha sido que los dos finalistas de Luis Angel (empresario y gay, como apuntan los créditos del programa) se liasen en el último programa! Todo vale con tal de conseguir llevarse a casa a chicos que de vez en cuando sueltan por su boca joyitas como “No es que la haya cagado, porque yo nunca la cago” de David (el químico y stripper). Bueno, ¿y qué me dicen de la banda sonora? ¡Es que me meo cada vez que sale Jose Luis (abogado y tenor) y ponen “Soy un truhán” de Julio Iglesias!

¡ME HACE FELIZ, SÍ! Y no sólo el lunes… ¡El  resto de la semana me voy acordando de momentos del programa y me muero de la risa! ¡Me alegra, sí! Y no me da vergüenza reconocerlo. Porque me ayuda a vaciar de preocupaciones, responsabilidades e ideas mi cabeza durante dos horas y media. Porque el cuerpo me pide desconectar de mi realidad de vez en cuando. Porque soy una chica sin prejuicios que piensa que hay que ver de todo y porque creo que un programa de este tipo es igual de digno que un documental de La 2. Es más, diría que ¿Quieres casarte con mi Hijo? es un Chutney-Socorro en formato televisión, un Kit-Kat tan absurdo como necesario que alegra nuestras vidas. Así que, ya saben, yo sí. ¡Sí quiero! ¡Sí quiero a ¿Quieres casarte con mi hijo?!


04
mar 12

Remuneraciones

Hasta aquí. Ya no puedo más. ¡Que no aguanto! Tengo que compartirlo para saber que no soy la única persona a la que los nuevos anuncios de ING Direct le dejan diciendo: “¿A qué viene esto? ¿Dónde está la gracia?”.

Sí, sí. Me refiero a los spots de Desaprendí… Aprendí… Cada vez que lo veo me pregunto qué sentido tiene. Y, a pesar de que después me pase unos 15 minutos buscándole una respuesta, es que… ¡No la tiene!

Miren, yo no tengo ni idea de publicidad y a más de uno esto que digo le puede parecer una barbaridad, y a lo mejor lo es. Pero no puedo evitar que sienta algo así como una especie de risa nerviosa y de escepticismo cuando lo veo. Sí, como vergüenza, no sé…

Es que, vamos a ver. ¿A qué viene? O sea, tienes delante de ti a una chica que podría ser cualquiera de nosotros, en su casa, súper contenta, ¡una tía normal! Y de repente suelta: “El día que desaprendí la palabra comisiones, aprendí… ” ¡Y se planta un bigote de papel en la cara, pone voz de hombre burgués y dice: “…remuneraciones”. ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué es lo que pasa para que se tenga que poner un bigote cuando dice “Remuneraciones”?! No lo entiendo, ¡no lo entiendo! Y tampoco me hace gracia, no le veo ningún sentido…

¿Os parece que soy una exagerada, no? Pues echar un vistazo a este otro anuncio, también de la campaña Desaprendí… Aprendí… de ING Direct. En vez de ponerse un  bigote, otra pobre chica, normal y corriente, se mete la cabeza en un marco para decir “Disponibilidad con intereses”.

Respuestas, opiniones, críticas.. ¡Quiero saber si soy la única que siente todo esto!

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29
feb 12

Agua con azúcar

Mi primera entrada en el primer blog de toda mi vida y el cuerpo me pide hablar de ejercicio. Una cosa rarísima… Y lo es porque yo nunca he sido amante del deporte. Vamos, lo obligatorio en el cole, un poco de gimnasio entre año y año y ya.

Total, que como este año cumplo 25 y están todas mis amigas locas con el “nos hacemos mayores y el cuerpo cambia”, llegué a casa de mis padres con la pregunta en la mente: “Ama, ¿qué tal me ves?”. Desgraciadamente, no hay nadie más sincero que una madre: “Estás bien, pero como no te empieces a cuidar…” ¡¡¡¡CASI ME DA ALGO!!!! Imagínense, toda mi vida acostumbrada a comer de todo lo que me diera la gana, a no hacer ejercicio y ahora, de golpe, ¡hala, a cambiar de vida! “No exageres, chica”, me dice… ¿Que no exagere? Pero vamos a ver, ¿qué significa eso? ¿Una dieta, gimnasio? Ni hablar, no valgo para eso.

“Lo que haré será comer sano todos los días e ir a correr 30 minutos cuatro veces por semana”. Ya estaba mi novio con su risita disimulada… “¿De qué te ríes?”. Resulta que el muy listo no confía en mi fuerza de voluntad desde aquel episodio que tuvimos con el tenis. Me regaló una raqueta por mi cumple porque le conté que con 14 años gané la Copa de Gipuzkoa. Reservamos una pista y claro, me fui a Decathlon a prepararme para la ocasión. ¿Resultado? El partido fue un desastre porque él no tuvo en cuenta que llevaba casi nueve años sin jugar. Y claro, desde entonces no hace más que recordarme lo del modelito (que como supondréis, no he vuelto a usar) cada vez que digo: “Me voy a preparar para correr la Behobia porque es súper emocionante” o “Voy a hacer collares y pulseras con estás 100 piedras tan bonitas que he recolectado en la playa”.

Así que, esto ya se había convertido en una cuestión de orgullo. “Se va a cagar”, pensé. Este domingo me puse las mallas, las zapatillas (las que me compré para aquel maldito partido de tenis) y a sudar la camiseta. Me puse canciones maquineras en el Ipod, una coleta y salí del portal dispuesta a comérmelo todo. A los 200 metros ya me costaba respirar. Pero seguí. A punto de que me diera un vahío, paré a los 20 minutos. Volví a casa y ahí me estaba esperando él, con su risita disimulada. Al día siguiente, las agujetas casi ni me dejaban andar y menos correr. Ayer fueron aún peores, y nada, que tampoco pude ir a mi sesión de footing. Total, que lo único que he hecho en estos días ha sido beber agua con azúcar.

¿Saben qué les digo? Que el problema no soy yo, sino este deporte. Pero ya está solucionado: creo que la natación, sí que sí, va conmigo. ¡Mañana mismo me compro el bañador!